
Las batallas de egos y la ambición de poder entre los líderes de los diversos partidos políticos han sido la base fundamental de las fragmentaciones que han marcado la historia política dominicana. Estas pugnas internas han debilitado a las organizaciones opositoras, alejándolas del poder por largos años.
Uno de los ejemplos más emblemáticos de esta realidad fue la división entre el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez en la década de los setenta. Más adelante, en 1990, el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) se dividió nuevamente debido a las luchas intestinas entre las facciones de Jacobo Majluta y Peña Gómez. Sin embargo, la crisis del PRD no terminó ahí: en 2004, el partido sufrió una nueva escisión cuando el entonces presidente Hipólito Mejía decidió optar por la reelección. La más reciente división dentro de esa organización ocurrió en 2014, cuando la rivalidad entre Mejía y el presidente del partido, Miguel Vargas Maldonado, dio lugar al nacimiento del Partido Revolucionario Moderno (PRM).
A pesar de haber sido testigos de los efectos devastadores de estas fragmentaciones, los demás partidos del sistema no aprendieron la lección. El Partido de la Liberación Dominicana (PLD), por ejemplo, vivió su propia ruptura en 1990 y, más recientemente, en 2020, cuando la lucha interna entre Danilo Medina y Leonel Fernández derivó en la creación de la Fuerza del Pueblo y la aplastante derrota electoral, convirtiéndose en otro duro golpe a la oposición.
Tras la separación de los dos principales líderes del PLD—quienes diseñaron la estrategia que permitió a ese partido gobernar el país durante veinte años—y la debacle del PRD, la oposición dominicana luce desorientada. A ello se suma el hastío social generado por la corrupción gubernamental y el desgaste natural del liderazgo político, factores que han impedido la consolidación de una alternativa sólida en capacidad de enfrentar al gobierno actual. En lugar de fomentar la unidad para reconquistar esa parte del electorado insatisfecho con la gestión actual, la oposición se mantiene sumida en un ambiente de hostilidad. Cada fin de semana, se observan actos de juramentación donde dirigentes de la Fuerza del Pueblo pasan al PLD y viceversa, evidenciando una simple redistribución de la militancia del antiguo PLD, sin ofrecer una propuesta renovadora al país.
No obstante, aunque la oposición se muestra debilitada, el PRM no está exento de desafíos. El partido oficialista enfrenta el reto más grande desde su fundación: la selección de su candidato presidencial para 2028. En un escenario donde los principales aspirantes ocupan cargos de alta relevancia dentro del Gobierno, incluyendo la Vicepresidencia, el presidente Luis Abinader deberá manejar con cautela el proceso interno para evitar las históricas divisiones que convirtieron al PRD en una organización inoperante.
Abinader tendrá que demostrar su habilidad política y estratégica para desempeñarse como un árbitro imparcial que inspire confianza y garantice un proceso transparente. De no lograrlo, el panorama político podría dar un giro inesperado, debilitando la ventaja que actualmente posee el PRM y abriendo espacio para el resurgimiento de una oposición que, aunque fragmentada, podría encontrar en las fisuras del oficialismo la oportunidad de recuperar el poder.